Un juego. Así es la vida. Los naipes caen en el tapete y la suerte lleva una rienda del corcel galáctico, mientras que la otra mano se ciñe al conocimiento del participante. No hay duda, o al menos así debería ser, de que nosotros hace ya un tiempo dejamos de banda aquella obsesiva persecución por obedecer a algún incrédulo, que creiendose a partir de su hurto el verdadero poseedor de un lugar sin dueño, derruimos con el ideal. Pero aún así decimos que no prestamos atención al movimiento de esa mano invisible que nos tiene a todos sujetos por los cojones. ¡No hemos apostado! ¿Quien diablos se han creido esos tramposos para coger el valor de la mesa? Así que se mueven con trampas, que nada de beneficioso podemos sacar nosotros. Parece que asumen la papeleta de ilusionistas. ¿Hasta cuando les vamos a dejar maniobrar con su truco? Un mago deja de ser mago si quien lo cree como tal consigue desvelarle el truco. Pero, sin embargo, somos la única victima que aún conociendo el secreto, le permite maniobrar del mismo modo. ¡Y aún seguimos perdiendo valor! ¿Cuanto tiempo más va a durar toda esta patraña de habilidades de medio pelo? Cortadle esa mano imperceptible. Para que queremos a esta panda de jugadores, si de sus leyes, ellos hacen lo que quieren a su libre albedrío. Desevelad su secreto táctico. Destapad lo que ocultan, por que si somos muchos, demasiadas balas tendrán que utilizar para frenar el chibatazo. Juguemos pues, con la misma cara de la moneda: derruir a esta con el valor de la libre existencia. Vuestro,
h.Chabert
4/12/07
3/12/07
Manifiesto #4
La educación constituye el arma más importante para la conciencia social. Olvidemos el sistema de leyes que bordean el protocolo adecuado para comprender el significado adecuado, ¿¡A quien le importan los sistemas si combatimos contra ellos!? Entendamos la educación desde su punto de vista más oral. La infancia, la niñez, la sabia ingenuidad del hombre bueno por naturaleza, el espiritu dionisiaco de aquel que sin enriquecerse del jugo de uva aplica la actitud del guerrero, que de su vida, hace una obra maestra más allá de lo apolineo, enfoquemos nuestra batalla en la recreación de un nuevo comportamiento, que desde ahí transforma lo simbólico en realidad. No estaremos preparados si los más pequeños no conocen la causa de su constitución, escrita en sus mentes inmaculadas. Fomentemos a aquellos que con su calvicie corporal brillan en el firmamento del hombre por su ocurrencia moral. Olvidemos la experiencia que poco tiene que ver con su significado sintáctico, nosotros nacimos ya enriquecidos de sabiduría, y al parecer, la vamos perdiendo hasta el día de nuestra muerte. Nuestro cuerpo se deteriora con el tiempo, y con él se pierde la razón por la que avanzar. Nuestro peor enemigo: la vejez. Pero no nos desviemos del verdadero tema de esta insignificante porción de manifiesto, sino que centremos el marco teórico en la preparación adecuada del ideal. Queridos compañeros, atended a los más bajitos, a aquellos que a ras de suelo disfrutan de su privilegiada visión bajo las faldas del deseo. Atended y observad como sin tapujos son capaces de escupir a la cara al rey, y este con cara de idiota, verle reir mientras que de su nariz le sigue colgando el verde viral. ¿Que tendran esos cachorros de la revolución, para conglomerar en un acto, la mucosa más verde en tónica de esperanza? Pues yo creo que saben lo que respiran, y sin tapujos ni remordimientos, lo expulsan como antidoto a su ladrón de felicidad. Cuidad de aquellos que estan por venir, a aquellos que duermen de un tirón. Preguntadles por como se sintieron antes de ser acrivillados por el calor del sol, que sin preguntarles nada los arrancarón de su estabilidad. La educación por el valor a vivir, y por el valor a respirar lo que uno quiera absorber, contribuye en la observación y el ansia postuma a creer en la libertad. Ellos son pequeños y receptivos, ellos saben que solamente el jugar y el divertirse es lo único que mata al tiempo, y que si las obligaciones les atrapan, su vejez es cada vez más cercana. Vuestro,
h.Chabert
h.Chabert
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